domingo, 18 de septiembre de 2016

No voy a ver a Kraftwerk

La pasión de los shows, la pasión de los estadios mueve muchos corazones y traslada muchas almas. Las empuja en caravanas hasta puntos recónditos de la provincia, si tienen auto es un bardo estacionar entre trapito y trapito, entre puteada y puteada. Y si la movemos en bondi la procesión de la larga caminata a la salida para poder pegar un puto taxi a la hora que los bondis ya escasean no tiene fin.
Ya viene mal parida la compra del ticket si no tenes tarjeta morfando una hilera kilométrica con el riesgo de llegar a una ventanilla que te golpee en la cara: "están agotadas". Y si tenes la suerte de pegar la Visa hay que garpar la vacuna obligatoria de gastos caros administrativos que compran tu comodidad.
De festivales ya sabemos que la organización siempre se queda cortina con las hordas masivas. Las instalaciones a duras penas las pueden bancar. Las larguísimas colas esperando una hamburguesa y una birra a unos vacunantes 200 pesos, los baños químicos que se transforman en confesionarios y el sonido que muchas veces se queda corto por la imprevisión de la prueba del dia anterior.
Y digo esto sin abandonar mi condición de asistente a estos eventos porque lo seguiré haciendo pero...
Porque pagamos un precio tan caro por tanto maltrato?


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